Andalucía ha sido foco de civilización y escenario de una historia milenaria de convivencia entre culturas, sin la cual es difícil entender la propia evolución de España y Europa.

 

Poblada desde la Edad de Piedra, aquí nacen y se desarrollan algunas de las culturas más avanzadas del continente europeo durante la Edad de Bronce. La revolución del Neolítico y el descubrimiento de la agricultura llegan desde África pasando por Andalucía, un territorio que en adelante será también encrucijada de primer orden en el flujo civilizador que va del Mediterráneo oriental hacia el occidente europeo: griegos, fenicios, cartagineses y romanos dan cuenta de Andalucía como lugar privilegiado por la naturaleza, una imagen que aparece ya en los primeros textos de la Antigüedad Clásica y que será mantenida en el tiempo.


Al abrigo de la abundancia de sus recursos naturales, durante el primer milenio a.C. se desarrolló en una amplia zona del Bajo Guadalquivir la cultura tartésica, que, favorecida por la fertilidad de la tierra y la gran riqueza minera, dominó pronto las técnicas metalúrgicas y alcanzó un alto grado de organización social y de refinamiento cultural, como pone de manifiesto el tesoro del Carambolo, encontrado cerca de Sevilla. El reino de Tartessos comerció con las Islas Británicas y estableció contactos comerciales con otros pueblos del Mediterráneo, como los griegos y, sobre todo, los fenicios, que fundaron, entre otras, las colonias de Gadir (la actual Cádiz), Malaka (Málaga), Sexi (Almuñécar) y Abdera (Adra).

El papel de Andalucía como foco de civilización tendrá su continuidad durante la larga y fructífera etapa histórica de Al-Andalus.

 

En el año 711, aprovechando la debilidad de la monarquía visigótica, los musulmanes cruzan el Estrecho de Gibraltar y ponen pie por primera vez en el continente europeo. Portadores de una avanzada cultura en contraste con el generalizado repliegue de la Edad Media, convierten a Córdoba en la primera ciudad de Occidente.

 

Diversos momentos de los ocho siglos de dominación musulmana, y de forma sobresaliente el Califato de Córdoba, otorgan a Andalucía un gran esplendor. La pujanza económica y cultural de la región se ve favorecida por la convivencia –más o menos pacífica pero fructífera en todo caso– de las tres grandes culturas del Mediterráneo: la cristiana, la árabe y la judía.

 

El legado andalusí pervive hoy día en la lengua –un castellano cuyo léxico debe mucho a las aportaciones árabes–, en numerosas actividades económicas tradicionales, en la música y, sobre todo, en el patrimonio artístico: monumentos internacionalmente conocidos como la Mezquita de Córdoba, el Palacio de Medina Azahara o la Alhambra de Granada, además de un impresionante conjunto de murallas, alcazabas y atalayas defensivas que hacen de Andalucía la región con más castillos de toda Europa.

 

Al-Andalus tuvo varias etapas. En primer lugar, se estableció en Córdoba un emirato dependiente de Damasco. En 756 Abd al-Rahman I constituyó el emirato independiente, cuyas fronteras alcanzaron la Cordillera Cantábrica y las primeras estribaciones de los Pirineos. En 926, Abd al-Rahman III inaugura la etapa del califato, la de mayor importancia de la España musulmana. A partir del siglo XI, sucesivas invasiones procedentes del norte de África (protagonizadas sobre todo por almorávides y almohades) unifican temporalmente el antiguo territorio califal, que, finalmente, se fragmenta en numerosos reinos independientes denominados taifas, de deslumbrante cultura pero muy débiles ante el avance castellano hacia el sur.

 

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